Texto y fotos: Tony Rivera | Desde Otro Ángulo Mx
Desde julio, cuando las lluvias comienzan a marcar el ritmo del campo, el señor Jorge Morales y su familia ponen en marcha la temporada de calaveras de amaranto. Los pedidos empiezan a llegar con meses de anticipación para que, antes de noviembre, las piezas estén listas para adornar las ofrendas del Día de Muertos.


Durante más de dos décadas, la familia Morales se ha dedicado a la venta de dulces tradicionales. Para ellos, el año tiene dos temporadas fundamentales: Semana Santa y la celebración de los Fieles Difuntos. En ambas, las palanquetas y otros dulces típicos forman parte de su producción; sin embargo, en noviembre, las calaveras de amaranto se convierten en las protagonistas.
Jorge Morales heredó el negocio familiar de sus padres y, desde entonces, ha mantenido viva una tradición artesanal que, asegura, enfrenta cada vez más dificultades para seguir siendo rentable.


Del campo al taller
El proceso comienza en el campo. Durante la temporada de lluvias se siembra el amaranto y, aproximadamente 100 días después, se cosecha la semilla que abastece a los productores de dulces de Huazulco, comunidad del municipio de Temoac reconocida por su tradición amarantera.
Una vez que el amaranto llega al taller de la familia Morales, se tuesta y se mezcla con melado, una preparación dulce a base de piloncillo cuya receta ha pasado de generación en generación.


Después, la mezcla se coloca en moldes de barro para darle forma de calavera. Tras un periodo de reposo, cada pieza queda lista para recibir el decorado característico de la familia: flores, grecas y una amplia combinación de colores que convierten cada dulce en una pieza artesanal.
El trabajo requiere paciencia y precisión. Aunque las calaveras comparten una misma tradición, los detalles de su decoración hacen que cada una tenga características propias.


Huazulco, tierra de amaranto
Huazulco es una de las comunidades morelenses más representativas en el cultivo y la transformación del amaranto. Junto con la localidad vecina de Amilcingo, ambas pertenecientes al municipio de Temoac, concentra alrededor del 80 por ciento de la producción estatal de esta semilla, de acuerdo con información de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural.
Además de su importancia económica, el amaranto destaca por su valor nutricional y su arraigo en la alimentación tradicional mexicana. Se trata de una planta ancestral cuyo nombre se relaciona con la idea de una flor que no se marchita, una característica que también evoca la permanencia de las tradiciones vinculadas con su aprovechamiento.


En reconocimiento a su importancia alimentaria, agrícola y cultural, cada 15 de octubre se conmemora el Día Nacional del Amaranto, una fecha destinada a destacar las propiedades de esta semilla y el trabajo de las comunidades que mantienen viva su producción.
Una tradición que enfrenta nuevos retos
Para Jorge Morales, conservar la calidad de los dulces tradicionales se ha convertido en uno de los principales desafíos. Explica que algunos productores han sustituido ingredientes tradicionales por otros de menor costo, una práctica que, a su juicio, repercute en la calidad del producto.
La búsqueda de precios más bajos, advierte, puede comprometer tanto el sabor como la elaboración de dulces que durante generaciones han formado parte de las celebraciones mexicanas.
A estas dificultades se suma la falta de apoyo gubernamental. De acuerdo con la familia Morales, los programas destinados al sector no llegan a todos los productores, por lo que muchos deben encontrar por cuenta propia la manera de mantener sus talleres y continuar con la actividad.

En Huazulco, la elaboración de calaveras de amaranto es más que una fuente de ingresos: representa una herencia familiar y una expresión de la identidad cultural de la comunidad. Cada pieza conserva el conocimiento transmitido entre generaciones y recuerda que, detrás de los colores y las formas que adornan las ofrendas, existe una tradición que lucha por permanecer viva.
En cada calavera elaborada por la familia Morales se entrelazan el trabajo artesanal, la historia de sus antepasados y el esfuerzo por preservar una actividad que forma parte de la identidad de Morelos. Una tradición que, como su nombre lo anuncia, busca no marchitarse con el paso del tiempo.

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