Entrevista con Arantxa Ortiz Rodríguez, investigadora del Centro INAH-Morelos
El chile no es solo un ingrediente cotidiano: es memoria, identidad, economía y biodiversidad.
Así lo plantea Arantxa Ortiz Rodríguez, colaboradora del proyecto de estudios paleobiológicos y bioculturales de Morelos y la cuenca del Balsas, del Centro INAH-Morelos, quien ha centrado parte de su investigación en este elemento emblemático de la cultura mexicana.
Ortiz explica que el interés por estudiar el chile parte de su profunda raíz histórica y de los riesgos que actualmente enfrentan sus variedades tradicionales.
“Es un elemento de gran relevancia, lo tenemos registrado desde Mesoamérica y también los cambios que ha tenido el chile hasta llegar bueno ahora al riesgo que tienen las variedades criollas en donde pues son diferentes factores los que están incidiendo en que se estén perdiendo. Uno es el desplazamiento de las comunidades rurales, el cambio climático, entre otros”, expresó.
En México, dijo, se reconocen entre 40 y 60 tipos de chile, aunque la cifra podría ser mayor. Más allá del conocido Capsicum annuum, existen variedades criollas que ni siquiera han sido documentadas.

“Una de las variedades que en México más se conocen es el Capsicum annum, que es el más conocido, pero hay otras, hay otras más e incluso hay muchos tipos de chile… de los que se conoce son alrededor de 42, se dice que incluso 60 tipos de chile en México, pero esas son solo las que se conocen de estos tipos, hay variedades criollas que probablemente no estén registradas”, dijo.
La investigadora subrayó que el estudio del chile también debe hacerse a nivel local y comunitario, donde las expresiones culturales permanecen vivas.
“Es por eso que también es importante hablar o reflexionar sobre algo que es tan conocido, pero que tiene diferentes formas de observarse y de investigarse”, aseguró.
Más allá del mercado y la producción, el chile tiene una dimensión emocional y simbólica profundamente arraigada en la vida cotidiana.
“Son esas formas en las que nosotros hemos podido acercarnos a la cocina a través de la receta de la mamá, de la abuela, haciendo referencia a episodios o momentos específicos de nuestra vida, como por ejemplo las celebraciones, algunos rituales en algunas comunidades, incluso aquí en Morelos”, expresó.

En algunas comunidades morelenses, dijo, incluso forma parte de las ofrendas a los muertos.
“Recordemos que se les ofrecen tamales o que se les ofrece hasta un taco con chile. Esa es la forma en la que también generamos este vínculo con el chile, que es más que un alimento, es también una memoria”.
Para Ortiz, el chile se convierte en identidad en el momento en que las comunidades se apropian del recurso que tienen a su alcance.
Sin embargo, advierte que las variedades criollas están bajo presión por múltiples factores: el mercado a gran escala, la migración rural, el cambio climático y la preferencia comercial por productos estandarizados.
“El mercado es avasallador, en el que la gente que tiene pequeña producción no puede competir con el mercado a gran escala, también tiene que ver con una cuestión de estética, porque estos chiles criollos han venido a ser suplidos por el chile serrano. Entonces, ese es el que ha ganado más mercado, el chile serrano es el que más se consume”, comentó.

Uno de los registros más antiguos que existen sobre el chile en México corresponde al chiltepín.
“Uno de los chiles que, bueno, uno de los registros más antiguos del chile, pues es este chile que conocemos, que es muy chiquito, el chiltepin, ese es uno de los chiles que quedó en un registro mucho más antiguo”.
En su investigación, lo que más le ha llamado la atención es el papel del chile como engranaje comunitario.
“A mí me gusta mucho el tema de la memoria, del recuerdo, de cómo las comunidades también siguen preservando sus identidades. Sus rituales, sus prácticas cotidianas, a través de la propia alimentación. Entonces sí llega a ser ese punto en común que tienen las personas”, aseguró.
Para la investigadora, hace falta profundizar en estudios cualitativos realizados directamente en las comunidades.
“Yo creo que sí hace falta también tener estos estudios con un aspecto mucho más cualitativo, que tiene que ver con aprender de las comunidades también, registrar a través de la propia experiencia”.

El mensaje central de su investigación es claro: el chile trasciende lo alimenticio.
“El chile no nada más es un alimento, el chile es también un producto que nos recuerda que tiene que ver con un conocimiento específico también de las propias comunidades en el cuidado de su biodiversidad”.
En mercados como el Adolfo López Mateos de Cuernavaca, donde el chile sostiene economías familiares completas, la investigadora invita a observar con mayor atención y valorar lo propio, lo mexicano, lo nacional.
“Pues ahí es importante generar también la reflexión de que al final el producto que es el que tenemos al alcance, el que podemos adquirir. Pero sí, quizás si nuestro ojo es un poquito más observador, pues podemos ver que hay diferencias entre chiles”.
La investigación fue publicada en el suplemento cultural Tlacuache, de descarga gratuita, que cada semana difund
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