El mundo del arte despide a Amaia Arrazola, ilustradora y narradora visual que supo convertir lo cotidiano en poesía gráfica. Falleció el 5 de noviembre de 2025, a los 41 años, tras una enfermedad que enfrentó en silencio, dejando una obra profundamente humana y vibrante.
Originaria de Vitoria-Gasteiz y radicada en Barcelona, Amaia fue una artista que hizo del dibujo un lenguaje emocional. En cada trazo, un eco de sus vivencias: la maternidad, el asombro por lo simple, la conexión con la naturaleza o el sentido efímero de la belleza. Obras como “Wabi Sabi”, “¿Ahora quién soy?” y “Totoro y yo” se convirtieron en refugios para lectoras y lectores que encontraron en sus páginas una mirada amable sobre la vida y sus transformaciones.
Su carrera comenzó en el mundo de la publicidad, tras estudiar en la Universidad Complutense de Madrid, pero su verdadero camino surgió cuando decidió dedicarse por completo a la ilustración. En 2010 se mudó a Barcelona, donde comenzó a desarrollar un estilo personal, reconocible por sus colores cálidos, sus personajes entrañables y su manera de narrar desde lo íntimo.
En 2017, una residencia artística en Matsudo, Japón, cambió su manera de mirar el mundo. De esa experiencia nació “Wabi Sabi”, un libro que celebra la imperfección y la belleza de lo transitorio. Años después, con “Totoro y yo”, Amaia rindió homenaje a la sensibilidad del Studio Ghibli, a su infancia y a su relación con la imaginación.
Además de su trabajo editorial, Arrazola llenó muros y espacios públicos con murales que reflejaban esperanza, comunidad y color. En su página web y redes sociales compartía procesos creativos y pensamientos sobre la maternidad, la creación y la vida con una honestidad que conmovía a miles de personas.
Su partida deja un vacío en la ilustración contemporánea, pero también una certeza: que el arte puede ser una forma de ternura y resistencia.
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