En un rincón remoto de la Patagonia argentina, una pequeña rana estuvo a punto de desaparecer para siempre. Sin embargo, el destino de la ranita del Valcheta cambió gracias al esfuerzo de un equipo de científicos liderado por el biólogo Federico Kacoliris, quienes lograron rescatarla del borde de la extinción. Hoy, su historia ha trascendido fronteras: el proyecto fue reconocido con el Premio Whitley para la Naturaleza, uno de los galardones más importantes del mundo ambiental.
La protagonista de esta historia es un anfibio de apenas cinco centímetros que habita en las aguas cálidas del arroyo Valcheta, un oasis termal ubicado en la meseta de Somuncurá, entre las provincias argentinas de Río Negro y Chubut. Este sistema acuático, aislado y de temperatura constante durante todo el año, permite la existencia de especies únicas en el mundo, como esta rana.
La ranita del Valcheta está clasificada en peligro crítico de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y es la única especie argentina incluida en la lista de los 100 anfibios EDGE: especies evolutivamente distintas y globalmente en peligro. Su linaje es tan peculiar que, según la Sociedad Zoológica de Londres, está tan emparentada con otras ranas como una mangosta con un oso polar.
Hace más de una década, Kacoliris y su equipo iniciaron una carrera contrarreloj para evitar su desaparición. A través de la Fundación Somuncurá, impulsaron un ambicioso plan de conservación que incluyó la restauración del hábitat, la protección de surgentes termales, y la cría en cautiverio de ejemplares para su posterior reintroducción en la naturaleza.
El trabajo no se limitó a la ciencia: también incluyó educación ambiental y una estrecha colaboración con las comunidades locales. “En realidad, me trajo la rana”, comenta Kacoliris, haciendo referencia al vínculo profundo que desarrolló con este ecosistema inhóspito, extenso como Bélgica, donde el aislamiento y el viento modelan un paisaje único.
El esfuerzo fue recientemente premiado en el Reino Unido con el Premio Whitley para la Naturaleza, conocido como el “Oscar verde”, que distingue iniciativas exitosas de conservación en países en desarrollo. En esta ocasión, una especie silenciosa logró que el mundo entero la escuchara.
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