A los 13 años, Mylla Nikté Silvar Ortiz entró por primera vez a un laboratorio. Todavía cursaba la secundaria, pero aquella experiencia terminó por darle forma a una inquietud que la acompañaba prácticamente desde niña: quería entender por qué ocurren las cosas.
“Fue la primera vez que entré como en un laboratorio y dije: ‘Ay, guau, yo quiero hacer esto’”, recuerda la joven estudiante.
Hoy cursa el séptimo semestre de la Licenciatura en Ciencias con área terminal en Bioquímica y Biología Molecular del Centro de Investigación en Dinámica Celular (CIDC) de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), y aquella curiosidad ya se convirtió en trabajo experimental.
Mylla obtuvo el tercer lugar en el XXVIII Verano de Investigación en Ciencias y Humanidades de la UAEM por el trabajo que desarrolló en el Laboratorio de Virología Molecular, bajo la dirección del doctor Ramón A. González García-Conde y con la supervisión de la estudiante de doctorado Regina Malpica.
Pero detrás del reconocimiento existe una historia más amplia: la de una joven científica que desde los primeros semestres de la licenciatura decidió no esperar a terminar la carrera para conocer cómo se produce ciencia dentro de un laboratorio.
Y existe también una pregunta científica compleja: ¿qué ocurre dentro de una célula durante las primeras etapas de una infección por adenovirus?
MIRAR LO QUE OCURRE DENTRO DE UNA CÉLULA
El proyecto en el que participó Mylla estudia la regulación de la expresión genética y la redistribución de proteínas relacionadas con los mecanismos de reparación del daño al ADN durante una infección por adenovirus.
Los adenovirus poseen un genoma constituido por ADN de doble cadena. Durante la infección, ese material genético debe alcanzar el núcleo de la célula, donde se desarrolla una parte fundamental de la interacción entre el virus y la maquinaria celular.
El equipo se concentró en observar qué sucede con determinados componentes celulares durante las primeras etapas de ese proceso.
Las células cuentan con mecanismos para detectar y reparar daños en su propio ADN y con sistemas que participan en la respuesta frente a una infección. La presencia del genoma viral puede activar o modificar esos mecanismos, por lo que conocer dónde se localizan determinadas proteínas y cómo cambia su distribución permite observar parte de la respuesta de la célula frente al virus.
“Lo que nosotros hicimos fue analizar las primeras horas de infección, posinfección”, explicó Mylla.
El equipo estudió diferentes momentos: cuando el genoma viral se encuentra en tránsito hacia el núcleo, cuando alcanza el poro nuclear, cuando comienzan a transcribirse los genes tempranos del virus y cuando proteínas virales empiezan a ingresar al núcleo.
No se trataba de demostrar que la célula posee mecanismos de reparación del ADN o respuesta antiviral, algo previamente conocido. La pregunta era más específica: cómo se redistribuyen algunos de esos componentes y en qué momento ocurre esa reorganización durante la infección.
“Eso sí se sabía, pero lo que no se sabía era cómo se redistribuía o cómo se acomodaba, o en qué momento se acomodaba cuando esta infección sucedía”, explicó la estudiante.
¿QUÉ ENCONTRARON?
Durante la investigación se observaron cambios en la localización de proteínas relacionadas con la reparación del daño al ADN y con la respuesta antiviral en las células infectadas.
Uno de los componentes analizados fue IFI16, una proteína involucrada en mecanismos celulares de detección de ADN y respuesta antiviral.
“Lo que descubrimos es que con la sola presencia de este genoma en la célula causa una redistribución de la maquinaria de reparación en daño en DNA.
“También causa una diferencia de distribución con la respuesta antiviral, específicamente con una IFI-16, que es una proteína de esta respuesta antiviral”, explicó Mylla.
La investigación siguió además cómo esa redistribución se modifica a lo largo de las primeras etapas de la infección.
Dicho de una manera menos técnica: cuando el material genético del adenovirus entra en la célula, comienza una interacción con sistemas celulares relacionados con la vigilancia, reparación del ADN y respuesta antiviral. El trabajo permitió observar cambios en la ubicación de algunas de las proteínas involucradas en esos procesos.
Para hacerlo, Mylla tuvo una experiencia experimental directa y se formó en técnicas como cultivo celular, inmunomarcaje, microscopía de fluorescencia y procesamiento y análisis de imágenes.
Estas herramientas permiten estudiar células y observar la localización de determinadas proteínas para comparar qué ocurre conforme avanza la infección.
CIENCIA BÁSICA ANTES QUE PROMESAS
El trabajo de Mylla no representa el desarrollo de una vacuna, un medicamento o una cura contra las infecciones provocadas por adenovirus.
Su importancia se encuentra, por ahora, en la investigación básica: comprender con mayor detalle un proceso biológico que todavía plantea interrogantes.
Antes de intentar modificar la relación entre un virus y una célula es necesario saber qué ocurre durante esa interacción. Identificar qué componentes celulares participan, dónde se localizan y cómo cambia su distribución permite construir una imagen cada vez más precisa del proceso infeccioso.
Ese conocimiento puede convertirse posteriormente en punto de partida para investigaciones aplicadas relacionadas con infecciones virales, mecanismos de defensa celular o nuevas estrategias para intervenir determinados procesos moleculares.
La propia Mylla es cautelosa cuando se le pregunta hasta dónde podrían llegar las aplicaciones de estos resultados.
“No soy muy especialista o no he estado mucho en laboratorios que hacen investigación aplicada”, reconoció.
Ante la posibilidad de que una mejor comprensión de estos mecanismos contribuya posteriormente a investigaciones relacionadas con vacunas u otras aplicaciones, la estudiante evita presentar esa posibilidad como un resultado de su trabajo.
“Al saber más podemos mejorar las cuestiones aplicadas”, señaló.
Su investigación se inserta en una línea de trabajo de mayor alcance encabezada por el doctor Ramón A. González García-Conde, profesor-investigador titular C de la UAEM y responsable del Laboratorio de Virología Molecular del CIDC.
González García-Conde trabaja en biología molecular de virus desde 1989 y ha dedicado una parte importante de su trayectoria al estudio de los adenovirus desde 1998.
Su investigación ha buscado comprender cómo determinadas proteínas virales intervienen en la formación de compartimentos dentro del núcleo celular donde se replica y expresa el genoma del virus, así como la manera en que los adenovirus alteran procesos relacionados con la respuesta antiviral, el metabolismo y la regulación de la cromatina.
Actualmente, una de sus líneas de investigación aborda también la actividad de oncogenes adenovirales en la formación de biocondensados moleculares y sus efectos sobre la regulación de la expresión genética, el metabolismo y la transformación celular.
APRENDER CIENCIA HACIENDO CIENCIA
El reconocimiento obtenido por Mylla tiene otra dimensión: todavía es estudiante de licenciatura.
Su participación no consistió únicamente en estudiar conceptos o revisar publicaciones científicas. Trabajó dentro del laboratorio, aprendió técnicas experimentales, observó células, procesó imágenes y participó en el análisis de resultados.
Para ella, sin embargo, esa aproximación directa a la investigación comenzó prácticamente desde que ingresó a la universidad, a los 16 años.
“Desde que entré yo dije: ‘A mí me gustaría empezar a ver cómo es en un laboratorio’. Una cosa es que te cuenten, pero otra es vivirlo desde tu experiencia”, relató.
Por eso, desde el primer semestre comenzó a buscar estancias en laboratorios, aun mientras cursaba sus materias.
Durante sus primeros dos semestres tuvo una primera experiencia en un laboratorio y posteriormente continuó buscando espacios para ampliar su formación, entre ellos el Instituto de Biotecnología de la UNAM.
Más que decidir inmediatamente una especialidad, quería conocer.
“Creo que es una de las cosas más importantes cuando vas a hacer ciencia: explorar todos estos campos que existen porque son infinitos.
“La cantidad de campos que hay para poder hacer ciencia es impresionante”, explicó Mylla.
EL ENCUENTRO CON LA VIROLOGÍA
En ese recorrido llegó al trabajo del doctor Ramón González García-Conde.
Después de tomar clases con el investigador y cursar la materia de virología, encontró una nueva área que capturó su atención: la enorme cantidad de procesos moleculares que pueden desencadenarse durante la interacción entre un virus y una célula.
“Se me hizo súper interesante todo lo que sucede en un simple virus”, recuerda.
González García-Conde le presentó entonces las líneas de investigación del laboratorio y la posibilidad de incorporarse al proyecto en el que trabajaría durante el verano junto con Regina Malpica.
Era nuevamente un territorio desconocido.
“Dije: ‘Va, suena muy interesante’. Ya he estado en laboratorios y esta área no la conozco y me interesaría mucho conocerla, porque es maravilloso aprender cosas nuevas”, relató.
LA NIÑA QUE PREGUNTABA POR LAS BURBUJAS
Mucho antes de hablar de ADN, proteínas, adenovirus, IFI16 o microscopía de fluorescencia, la motivación de Mylla era bastante más sencilla: quería entender el mundo.
“Siempre he sido una persona que le encanta saber cómo pasan las cosas, por qué pasan las cosas, qué tiene que pasar para que pasen esas cosas.
“Por ejemplo, si vi una burbuja decía: ‘¿Por qué se hace una burbuja? ¿Qué se necesita para que se haga la burbuja?’”, recuerda.
Años después, durante la secundaria, aquella curiosidad encontró un lugar físico cuando entró por primera vez a un laboratorio.
La pandemia de Covid-19 reforzó posteriormente su interés por entender los virus. Mientras conceptos como SARS-CoV-2, infección y estructura viral entraban abruptamente en la conversación cotidiana, ella cursaba todavía la secundaria y trataba de comprender qué estaba ocurriendo.
“Creo que sí fue una de las cuestiones que impulsó mi decisión de querer ahora sí decir: ‘Sí, yo quiero estudiar ciencia, quiero investigar y quiero ser investigadora’”, explicó.
NO HAY QUE SER UN “GENIO” PARA HACER CIENCIA
Su paso por diferentes laboratorios también modificó la percepción que tenía sobre quién puede dedicarse profesionalmente a la investigación.
Para Mylla, uno de los obstáculos está en la idea de que las carreras científicas están reservadas exclusivamente para personas con capacidades intelectuales extraordinarias.
“Uno piensa que no puedes estudiar ciencias porque tienes que ser muy inteligente, y la verdad es que no.
“Uno con determinación, con resiliencia y con disciplina se logra y se puede”, afirmó.
La estudiante también observa una presencia creciente de mujeres dentro de los espacios científicos, aunque considera que todavía existe camino por recorrer.
“Sí ha habido más apertura para que haya más mujeres investigadoras y más mujeres haciendo ciencia, pero creo que en estos tiempos nunca está seguro nada y hay que seguir luchando.
“Hay que seguir haciéndonos notar más en este ámbito de la investigación, porque creo que ya ha habido muchas antecesoras que han sufrido esta discriminación”, señaló.
SEGUIR APRENDIENDO
Mylla todavía no sabe si dedicará toda su trayectoria profesional al estudio de los adenovirus o si eventualmente explorará otras líneas de investigación.
La experiencia acumulada hasta ahora parece haberle confirmado algo más elemental: quiere continuar haciendo ciencia.
Y su manera de explicarlo revela una característica fundamental del trabajo científico: cada respuesta suele abrir nuevas preguntas.
“Estoy a gusto con la idea de seguirme formando y seguir aprendiendo, y seguir notando que no sé nada.
“Porque cuando uno aprende, se da cuenta que no sabe nada de todo”, expresó.
La frase resume buena parte de su historia.
Mylla comenzó preguntándose por qué se formaba una burbuja. A los 13 años entró por primera vez a un laboratorio y decidió que quería dedicarse a investigar. Ingresó a la universidad a los 16, buscó desde los primeros semestres espacios para aprender directamente de investigadores y ahora participa en un proyecto de virología molecular que estudia procesos que ocurren dentro de las células durante una infección por adenovirus.
El tercer lugar obtenido en el XXVIII Verano de Investigación en Ciencias y Humanidades de la UAEM reconoce un trabajo científico concreto, pero también una trayectoria que apenas comienza.
Cuando se le pregunta qué le diría hoy a aquella niña que quería entender cómo funcionaban las cosas, Mylla no habla del premio, del adenovirus ni de los experimentos.
“Que no se rinda, que siga adelante, que siga siendo resiliente y confíe en sus capacidades”, respondió.
Aquel primer laboratorio despertó una vocación.
Ahora, desde otro laboratorio en Morelos, Mylla Nikté Silvar Ortiz comienza a producir sus propias respuestas.
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