Las enfermedades cardiovasculares pueden avanzar durante años sin provocar síntomas. Por eso, cuidar el corazón no debería comenzar después de un susto: hay controles que conviene incorporar desde la adultez joven.
Si tienes 20, 30 o 40 años y te sientes perfectamente saludable, probablemente el corazón no sea algo que ocupe mucho espacio en tu lista de pendientes.
Pero precisamente ahí está el problema.
La presión arterial elevada, el colesterol alto, la diabetes y otros factores de riesgo cardiovascular pueden desarrollarse sin síntomas evidentes. Esperar a sentir dolor en el pecho o falta de aire para empezar a revisar la salud cardiovascular puede significar llegar tarde a la prevención.
Este 29 de septiembre, Día Mundial del Corazón, la Federación Mundial del Corazón pone el foco en un problema que puede pasar desapercibido con el lema: “Las enfermedades cardíacas pueden pasar desapercibidas: no pierdas ni un solo latido”.
¿A qué edad hay que empezar a revisar el corazón?
No existe una edad en la que todas las personas deban comenzar exactamente con los mismos estudios. La frecuencia y el tipo de evaluación dependen de factores como antecedentes familiares, peso, tabaquismo, diabetes, presión arterial y niveles de colesterol.
Sin embargo, los 20 años son un punto importante para comenzar a conocer los principales indicadores de salud cardiovascular.
La American Heart Association recomienda que los adultos jóvenes tengan revisiones periódicas y conozcan sus cifras de presión arterial, colesterol, glucosa y otros factores relacionados con el riesgo cardiovascular.
No significa que una persona sana de 20 años necesite hacerse estudios cardiológicos especializados cada año.
Significa algo mucho más sencillo: saber cómo está tu cuerpo antes de que aparezca un problema.
A los 20 años: empieza por conocer tus números
A partir de esta etapa conviene que las revisiones médicas incluyan, según las características de cada persona:
- Presión arterial.
- Colesterol.
- Glucosa en sangre, cuando esté indicada.
- Peso e índice de masa corporal.
- Antecedentes familiares.
- Tabaquismo.
- Alimentación y actividad física.
La presión arterial es particularmente importante porque la hipertensión suele no provocar síntomas. La AHA señala que, en adultos de 20 años o más con presión normal, puede revisarse al menos una vez al año durante las consultas habituales.
¿Y el colesterol?
Tampoco es un estudio que deba dejarse para la mediana edad.
La AHA señala que la evaluación del colesterol comienza en la adultez joven y que, para adultos de bajo riesgo, puede repetirse aproximadamente cada cuatro a seis años, aunque la frecuencia debe ajustarse cuando existen factores de riesgo.
El perfil lipídico permite conocer, entre otros valores, el colesterol LDL, HDL, colesterol total y triglicéridos.
Además, las recomendaciones de 2026 incorporaron un dato que puede pasar desapercibido: se aconseja que los adultos se realicen al menos una vez en la vida una prueba de lipoproteína(a), o Lp(a), una partícula cuyo nivel está determinado en buena medida por factores hereditarios.
A los 30 años: no abandones los controles
Los 30 suelen ser una etapa en la que muchas personas dejan de prestar atención a los chequeos porque todavía se consideran jóvenes.
Sin embargo, los factores de riesgo no esperan a cumplir 40 o 50.
Si ya tienes antecedentes familiares de infartos o enfermedad cardiovascular, fumas, tienes sobrepeso, presión arterial elevada, diabetes o colesterol alto, el seguimiento puede necesitar ser más frecuente y personalizado.
También es una buena etapa para revisar los hábitos que tendrán efecto acumulativo durante las siguientes décadas:
actividad física, alimentación, sueño, peso, consumo de tabaco y alcohol.
La prevención cardiovascular no depende solamente de un análisis de sangre. La AHA considera estos factores parte fundamental de la evaluación del riesgo.
A los 40 años: ya no se trata solamente de revisar cifras
A partir de los 40 años, la evaluación del riesgo cardiovascular puede adquirir mayor importancia.
La edad comienza a formar parte de las herramientas utilizadas para estimar la posibilidad de desarrollar enfermedad cardiovascular, junto con variables como presión arterial, colesterol, tabaquismo, diabetes y función renal.
En 2026, la American Heart Association destaca las ecuaciones PREVENT, que permiten estimar el riesgo de enfermedad cardiovascular a 10 y 30 años en determinados adultos y utilizar esa información para conversar con un profesional de salud sobre prevención.
Esto no significa que una cifra determine el futuro de una persona.
Sirve para identificar qué factores pueden modificarse y decidir, junto con un profesional, qué medidas son apropiadas.
A los 45 años: atención a la glucosa
La salud del corazón también está relacionada con la salud metabólica.
La glucosa elevada puede aumentar el riesgo de diabetes y, a largo plazo, contribuir al riesgo cardiovascular. Por ello, la detección de alteraciones de glucosa cobra especial importancia alrededor de los 45 años, aunque puede recomendarse antes cuando existen factores de riesgo.
Una revisión puede incluir una prueba de glucosa o, cuando corresponde, hemoglobina glucosilada (HbA1c).
La idea es detectar alteraciones antes de que aparezcan complicaciones.
¿Y si eres menor de 20 años?
La prevención cardiovascular tampoco comienza necesariamente en la adultez.
Los antecedentes familiares y determinadas condiciones pueden justificar evaluaciones desde la infancia o adolescencia.
En Estados Unidos, por ejemplo, la AHA señala que se recomienda evaluar el colesterol en niños de 9 a 11 años y nuevamente entre los 17 y 21 años, en coordinación con profesionales de salud, padres o cuidadores.
Esto cobra especial importancia cuando existe sospecha de hipercolesterolemia familiar u otros antecedentes que puedan elevar el riesgo.
Los estudios no son iguales para todos
Aquí hay una diferencia importante.
No necesitas hacerte un electrocardiograma, una prueba de esfuerzo o una tomografía del corazón solamente porque cumpliste determinada edad.
Los estudios especializados se indican de acuerdo con los síntomas, antecedentes y factores de riesgo de cada persona.
Para muchas personas sin síntomas, la prevención comienza con controles mucho más sencillos:
presión arterial + colesterol + glucosa cuando corresponda + peso + hábitos + antecedentes familiares.
A partir de esa información, el profesional de salud puede determinar si hace falta una evaluación adicional.
¿Cuándo deberías prestar especial atención?
Aunque una persona sea joven, hay circunstancias que justifican consultar con mayor atención:
- Familiares con enfermedad cardiovascular a edades tempranas.
- Colesterol elevado.
- Presión arterial alta.
- Diabetes o prediabetes.
- Sobrepeso u obesidad.
- Tabaquismo.
- Enfermedad renal.
- Sedentarismo.
- Antecedentes personales de enfermedad cardiovascular.
La combinación de varios factores puede modificar considerablemente el nivel de riesgo, por lo que no existe una edad universal para todos los estudios.
El problema de esperar a que el corazón “avise”
Una de las razones por las que la prevención resulta importante es que las enfermedades cardiovasculares pueden desarrollarse silenciosamente durante años.
Una persona puede sentirse bien y, al mismo tiempo, tener la presión arterial elevada o niveles de colesterol que requieren atención.
Por eso, la ausencia de síntomas no necesariamente significa ausencia de riesgo.
La Federación Mundial del Corazón señala que las enfermedades cardiovasculares continúan siendo la principal causa de muerte a nivel mundial.
Entonces, ¿a qué edad debo empezar?
La respuesta no es “cuando cumplas 40”.
Desde los 20 años conviene comenzar a conocer tus principales indicadores cardiovasculares y mantener revisiones periódicas.
Antes, si existen antecedentes familiares o factores de riesgo.
Después, el seguimiento debe adaptarse a los resultados y a las características de cada persona.
Y hay algo que puede comenzar a cualquier edad: no fumar, mantenerse físicamente activo, cuidar la alimentación, dormir adecuadamente y mantener un peso saludable.
Cuidar el corazón no significa esperar a que aparezca una enfermedad. Significa conocer el riesgo cuando todavía hay oportunidad de modificarlo.
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