A las 7:19 de la mañana del 19 de septiembre de 1985, México vivió uno de los terremotos más devastadores de su historia. El movimiento tuvo una magnitud de 8.1 y su origen se ubicó frente a las costas de Michoacán, pero sus efectos se sintieron con especial fuerza en la Ciudad de México, a cientos de kilómetros del epicentro.
En cuestión de minutos, edificios colapsaron, miles de personas quedaron atrapadas y la capital quedó parcialmente paralizada.
Pero aquel terremoto no sólo dejó una ciudad devastada.
También cambió la manera en que México entendía los terremotos, la construcción, la prevención y la respuesta ante una emergencia.
El sismo que sorprendió a una ciudad sin protocolos de alerta
El terremoto ocurrió a las 7:17:49 horas, cuando comenzó la ruptura de una porción de la corteza terrestre frente a la costa de Michoacán. El movimiento principal fue registrado alrededor de las 7:19 horas y alcanzó una magnitud de 8.1.
La ruptura se extendió por aproximadamente 200 kilómetros y ocurrió a unos 15 kilómetros de profundidad.
En aquel momento, la Ciudad de México no contaba con los sistemas de alertamiento sísmico que existen actualmente. La población recibió el impacto prácticamente sin aviso.
El suelo de la capital también jugó un papel determinante.
Las condiciones geológicas de algunas zonas de la Ciudad de México amplificaron considerablemente el movimiento, lo que contribuyó a que los daños fueran especialmente graves incluso a cientos de kilómetros del epicentro. Investigaciones de la UNAM señalan que, en determinadas zonas, los suelos blandos pudieron amplificar de manera importante el movimiento sísmico.
Edificios colapsados y una ciudad en emergencia
La magnitud de la destrucción comenzó a conocerse conforme avanzaron las horas.
En la Ciudad de México resultaron dañados o colapsaron numerosos edificios, entre ellos hospitales, viviendas, escuelas, hoteles y construcciones de gran tamaño.
La cifra de personas fallecidas continúa siendo un tema con diferentes registros. Una cifra oficial citada por la UNAM es de 3 mil 192 víctimas, mientras que otras estimaciones históricas han planteado cantidades mucho mayores.
Lo que sí quedó fuera de discusión fue la dimensión de la emergencia.
Miles de familias perdieron sus viviendas y numerosos edificios tuvieron que ser desalojados o posteriormente demolidos.
La tragedia también puso bajo la lupa las condiciones de construcción y la capacidad de las autoridades para responder ante una emergencia de semejante magnitud.
Cuando los ciudadanos tomaron las calles
Uno de los episodios que marcaron la memoria del terremoto fue la respuesta de la propia población.
Mientras las instituciones intentaban organizar la emergencia, miles de ciudadanos salieron a las calles para buscar sobrevivientes, retirar escombros, trasladar heridos, donar sangre, llevar alimentos y ayudar a quienes habían quedado sin hogar.
La UNAM documenta que su comunidad participó en labores de distribución de medicamentos, víveres, agua y ropa, además del traslado de personas a albergues. También se organizaron brigadas de estudiantes y especialistas para revisar edificios dañados.
La imagen de ciudadanos organizándose en medio de la destrucción se convirtió en una de las estampas más recordadas del 19 de septiembre.
La tragedia mostró la vulnerabilidad de la ciudad, pero también la capacidad de la sociedad para responder cuando las estructuras institucionales resultaban insuficientes.
El terremoto que obligó a replantear la protección civil
El impacto del sismo aceleró la creación de un sistema nacional dedicado a la prevención y atención de desastres.
El 6 de mayo de 1986, menos de un año después del terremoto, se publicó el decreto mediante el cual se creó el Sistema Nacional de Protección Civil (SINAPROC). Su objetivo era coordinar acciones para proteger a la población frente a fenómenos naturales y otros riesgos.
La experiencia de 1985 también impulsó nuevas instituciones y estudios especializados.
El Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED) fue creado en 1988 e inaugurado en 1990, con el propósito de fortalecer la investigación y la prevención frente a desastres. México recibió además apoyo de Japón para el desarrollo de capacidades relacionadas con la prevención sísmica.
Así, el terremoto no sólo provocó una respuesta de emergencia: también generó cambios institucionales que permanecen hasta hoy.
La ciencia también cambió después del 19S
La tragedia obligó a estudiar con mayor profundidad la relación entre los terremotos y las características del suelo de la capital.
La UNAM y otras instituciones intensificaron investigaciones sobre sismicidad, comportamiento estructural y riesgos urbanos. También aumentó el interés por conocer cómo responderían los edificios ante movimientos de gran intensidad.
La experiencia de 1985 se convirtió así en un enorme laboratorio para la ingeniería sísmica mexicana.
A partir de entonces, la prevención comenzó a ocupar un lugar mucho más visible en la vida cotidiana.
Del miedo a la cultura de la prevención
Hoy, los simulacros, las brigadas de protección civil, los protocolos de evacuación y los sistemas de alerta forman parte del paisaje cotidiano de muchas ciudades mexicanas.
Gran parte de esa cultura se explica por lo ocurrido aquel 19 de septiembre de 1985.
La fecha también quedó ligada a una generación que todavía recuerda dónde estaba cuando comenzó a temblar, qué edificios desaparecieron y cómo la ciudad cambió después de aquella mañana.
Por eso, el 19 de septiembre no es únicamente una fecha para recordar a las víctimas.
Es también un recordatorio de que un terremoto se convierte en desastre no sólo por su magnitud, sino por la vulnerabilidad de las ciudades y la capacidad que tienen —o no— para prepararse.
Un terremoto que sigue presente
Cuatro décadas después, el terremoto de 1985 continúa formando parte de la memoria colectiva de México.
Y la fecha adquirió una dimensión todavía más profunda después del 19 de septiembre de 2017, cuando otro sismo, esta vez de magnitud 7.1 y con epicentro en el límite entre Puebla y Morelos, volvió a sacudir al centro del país.
La coincidencia de fechas convirtió al 19 de septiembre en una de las jornadas más simbólicas de la historia reciente de México.
Pero la principal lección de 1985 permanece vigente: recordar también significa prepararse.
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