Llegó al Adolfo López Mateos con 7 años para vender verduras. Hoy, su hija y su nieto también forman parte de una historia familiar que se ha construido entre sus pasillos.
A las 4 de la mañana, cuando Cuernavaca todavía comienza a despertar, Margarita Hernández ya está trabajando.
Su historia con el mercado Adolfo López Mateos (ALM) comenzó mucho antes. Tenía apenas 7 años cuando llegó para ayudar a vender verduras. Desde entonces, su vida quedó ligada a los pasillos, los puestos y las historias que durante décadas han dado identidad a este mercado.
Con el paso de los años, Margarita consiguió su propio espacio y abrió la refresquería “La Michoacana”, donde actualmente prepara desayunos, tortas, jugos y licuados para quienes llegan desde temprano.
Pero para ella, el ALM nunca ha sido solamente un lugar donde trabajar.
“Es como nuestra segunda casa”, cuenta al recordar los años que ha pasado entre comerciantes y clientes.
En el mercado, dice, los comerciantes han construido una relación que va más allá de compartir un espacio. Son compañeros, vecinos y, en muchos casos, una familia que se apoya cuando alguno enfrenta dificultades.
Uno de los recuerdos que permanece especialmente presente es el incendio que afectó al mercado. En aquella emergencia, comerciantes se organizaron para ayudar a contener las llamas. Margarita fue una de las personas que se sumaron con cubetas para intentar controlar el fuego.
Aquella experiencia, recuerda, dejó una lección que todavía permanece entre quienes trabajan en el ALM: cuando uno necesita ayuda, los demás responden.
Una historia que no termina con una generación
La relación de Margarita con el mercado también se convirtió en una historia familiar.
Ella representa la segunda generación de su familia dentro del Adolfo López Mateos. Su hija forma parte de la tercera y su nieto, de la cuarta.
Así, lo que comenzó cuando una niña de 7 años llegó a vender verduras terminó convirtiéndose en una tradición familiar que continúa entre desayunos, licuados, clientes habituales y jornadas que comienzan antes del amanecer.
Son historias como la de Margarita las que explican por qué el ALM es más que un conjunto de locales.
Detrás de cada puesto hay familias que han crecido junto al mercado, comerciantes que han pasado buena parte de su vida entre sus pasillos y nuevas generaciones que, poco a poco, toman el relevo.
Son los llamados “hijos del mercado”: personas cuya historia personal también forma parte de la historia del Adolfo López Mateos.
Y mientras Margarita continúa levantando la cortina cada madrugada, su familia sigue escribiendo el siguiente capítulo.
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