Un análisis de 124 dataciones de radiocarbono revela que las comunidades humanas ocuparon de manera recurrente zonas de alta montaña desde el inicio del Holoceno, incluso por encima de los 2 mil metros de altura.
Durante miles de años, las montañas fueron consideradas territorios poco accesibles y alejados de los principales asentamientos humanos. La imagen de grandes extensiones de alta montaña como espacios prácticamente vírgenes comienza, sin embargo, a cambiar con nuevos hallazgos arqueológicos en los Pirineos.
Investigadores de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) identificaron evidencias que apuntan a una presencia humana sostenida durante aproximadamente 10 mil años en distintos puntos de la alta montaña pirenaica.
El análisis reúne 124 dataciones de radiocarbono procedentes de 45 yacimientos localizados en el Parque Nacional de Aigüestortes i Estany de Sant Maurici, en Cataluña.
Los resultados sugieren que los seres humanos no llegaron a estos territorios únicamente de manera ocasional, sino que regresaron y utilizaron estos espacios durante diferentes etapas del Holoceno.
La alta montaña no estaba deshabitada
Durante mucho tiempo, las investigaciones sobre el poblamiento humano en Europa se concentraron principalmente en valles, llanuras y zonas cercanas a fuentes permanentes de agua.
La dificultad para desplazarse y las condiciones climáticas de las zonas elevadas llevaron a pensar que los grupos humanos habrían evitado estos lugares, particularmente durante los periodos más antiguos.
Las evidencias recopiladas en los Pirineos plantean un escenario diferente.
Los investigadores encontraron señales de actividad humana en enclaves situados por encima de los 2 mil metros sobre el nivel del mar, lo que indica que las comunidades conocían y aprovechaban estos ambientes desde etapas tempranas del Holoceno.
El periodo estudiado comenzó hace aproximadamente 11 mil 700 años, después del final de la última glaciación, y llega hasta la actualidad.
Una historia que sobrevivió al cambio climático
Uno de los aspectos más relevantes del estudio es que la ocupación de la alta montaña aparece durante diferentes condiciones ambientales.
Los Pirineos experimentaron importantes transformaciones climáticas a lo largo del Holoceno. A pesar de esas variaciones, las evidencias arqueológicas muestran que las personas continuaron desplazándose hacia las zonas elevadas.
Esto apunta a una capacidad de adaptación mucho mayor de la que tradicionalmente se atribuía a las comunidades humanas antiguas.
La utilización de estos espacios pudo estar relacionada con distintas actividades, entre ellas el aprovechamiento de recursos naturales, la movilidad entre territorios y, posteriormente, actividades vinculadas con el pastoreo.
Por ello, la montaña no habría sido simplemente una barrera geográfica, sino también un espacio integrado en las estrategias de supervivencia y movilidad de diferentes sociedades.
45 yacimientos cuentan una historia de 10 mil años
La investigación publicada en ArcheoLogica Data representa una de las recopilaciones más amplias de información cronológica disponible para esta zona de los Pirineos.
Las 124 fechas obtenidas mediante radiocarbono permitieron establecer una secuencia temporal de la actividad humana en 45 sitios arqueológicos.
Más que identificar un único asentamiento permanente, los datos muestran una utilización recurrente del territorio a lo largo de miles de años.
Esto resulta particularmente importante porque permite observar la alta montaña como un paisaje dinámico, recorrido y utilizado por distintas generaciones.
Los restos arqueológicos también obligan a reconsiderar la idea de que los ambientes situados a gran altitud permanecieron intactos hasta épocas relativamente recientes.
¿Qué cambia con este descubrimiento?
La principal aportación del estudio es ampliar la imagen sobre cómo los seres humanos ocuparon Europa después de la última glaciación.
La evidencia encontrada en los Pirineos indica que las comunidades podían desplazarse a grandes alturas, aprovechar recursos y regresar a estos territorios incluso en momentos de importantes cambios ambientales.
En lugar de considerar la alta montaña como un espacio marginal, los investigadores proponen entenderla como un territorio que formó parte de la vida humana durante miles de años.
Bajo los paisajes que hoy parecen dominados por nieve, lagos y rocas se encuentra, por tanto, una historia mucho más antigua: la de comunidades que aprendieron a moverse, adaptarse y aprovechar uno de los ambientes más extremos de Europa.
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