Este miércoles 5 de agosto se cumplen 14 años de la muerte de Chavela Vargas, una de las voces más intensas y reconocibles de la música iberoamericana, quien falleció en 2012 en un hospital de Cuernavaca, Morelos.
La intérprete tenía 93 años y permanecía hospitalizada después de presentar complicaciones de salud. De acuerdo con el médico responsable de su atención, murió a causa de una insuficiencia respiratoria aguda, bronconeumonía crónica y una falla renal crónica que se había agravado.
Nacida como Isabel Vargas Lizano el 17 de abril de 1919 en San Joaquín de Flores, Costa Rica, llegó siendo joven a México, país donde desarrolló su trayectoria, obtuvo la nacionalidad mexicana y construyó una identidad artística que terminó por convertirla en una figura fundamental de la canción ranchera.
Chavela hizo suyas canciones como “La Llorona”, “Macorina”, “Paloma negra”, “Un mundo raro” y “En el último trago”. Aunque muchas de ellas habían sido interpretadas anteriormente por otros artistas, su voz áspera, sus silencios y sus arreglos íntimos les dieron una nueva dimensión.
Su estilo se apartó de las grandes instrumentaciones y de la solemnidad tradicional de la ranchera. Acompañada frecuentemente por guitarras, reducía las canciones hasta dejar expuestos el dolor, la soledad, el deseo y el desamor. Esa forma de cantar modificó la manera en que podían interpretarse las rancheras, los boleros y otras piezas del repertorio popular mexicano.
La relación de Chavela Vargas con Morelos fue profunda. La cantante pasó sus últimos años en Tepoztlán, donde se encontraba su última residencia, antes de ser hospitalizada y morir en Cuernavaca. Actualmente, ese inmueble alberga Casa Chavela, un espacio dedicado a preservar su memoria y su espíritu artístico.
Semanas antes de su muerte había viajado a España para presentar un homenaje al poeta Federico García Lorca. Tras enfermar, regresó a México, donde falleció el domingo 5 de agosto de 2012.
A 14 años de su partida, Chavela Vargas sigue siendo una voz imposible de confundir. No necesitaba grandes alardes vocales ni una orquesta completa: le bastaban una guitarra, una pausa y esa manera suya de cantar como si cada palabra fuera la última.
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