Las manchas, cicatrices y la forma de la cola permiten reconocer a cada ejemplar, una herramienta clave para estudiar sus migraciones y proteger a estas especies.
Ver la cola de una ballena desaparecer bajo el agua es uno de los momentos más emblemáticos de un avistamiento. Pero, además del espectáculo, ese instante revela un dato poco conocido: cada ballena posee una cola única, comparable con la huella dactilar de una persona.
La parte inferior de la aleta caudal presenta una combinación irrepetible de manchas, pigmentación, bordes, formas y cicatrices, características que permiten a los investigadores identificar a un ejemplar específico sin necesidad de colocarle dispositivos o marcas.
Cuando una ballena se prepara para sumergirse, suele levantar la cola por encima de la superficie. Ese breve movimiento brinda la oportunidad perfecta para fotografiarla y registrar su identidad.
Las imágenes son comparadas con bases de datos internacionales para saber si el animal ya había sido observado, conocer sus desplazamientos e incluso reconstruir parte de su historia de vida.
Una de las herramientas más utilizadas es Happywhale, una plataforma que reúne fotografías de ballenas registradas por científicos, organizaciones y turistas de distintas partes del mundo. Mediante tecnología de reconocimiento de imágenes, el sistema compara el patrón de cada cola y ayuda a identificar al ejemplar.
Gracias a este tipo de registros, los especialistas han logrado seguir las rutas migratorias de diversas especies, conocer las zonas donde se alimentan o reproducen y obtener información valiosa para diseñar estrategias de conservación.
Además de apoyar la investigación científica, la participación de ciudadanos y viajeros ha permitido ampliar el catálogo de ballenas identificadas, convirtiendo cada fotografía en un posible aporte para el conocimiento de estos mamíferos marinos.
La próxima vez que una ballena levante la cola antes de desaparecer en el océano, ese instante tendrá un significado distinto: más que un gesto característico, será la «firma» con la que los científicos pueden reconocerla y seguir su historia a través de los mares.
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